Monday, October 13, 2008

Costumbre

Sandra se levanta cada mañana y mira por la ventana. Es algo que ha hecho desde que alcanza a recordar. Es un acto reflejo e incluso cuando no duerme en su casa lo hace y observa las novedades de este nuevo paisaje. Durante un tiempo estuvo viviendo en una residencia y no tenía ventana en su habitación. En realidad tenía una ventana por la que apenas podía poner la cabeza a través, y sólo alcanzaba a ver la pared lateral del edificio contiguo; todo un muro de ladrillos. Aquellos meses salía en pijama e iba hasta el final del pasillo donde se quedaba unos instantes observándolo todo. Desde allí veía el mar y un montón de grúas portuarias.

Desde la ventana de su cuarto se ve el río y un puente romano. Siempre hay alguien pasando por ahí, solos o con un perro, pues aprovechan que hay espacio para que los animales puedan jugar y correr sin molestar a nadie.
Al otro lado del río está la parte antigua y buena de su pueblo. No eligió su piso por las cualidades de este, sino porque era el que mejores vistas tenía desde la ventana de su cuarto.

El cielo hoy es gris y está cuarteado por nubes blancas. Quizás llueva. Sandra mira, observa y busca los detalles que diferencian el día de hoy con el de ayer. Abre la ventana y deja que entre el aire de la primera mañana de otoño.

Wednesday, September 17, 2008

I shall return

I shall return one day to the land that gave me life
But today, fom the land that made me smile
I talk with pride of the time of past.

Sunday, September 14, 2008

Desde el charco

Tengo una hoja en blanco y no sé qué hacer con ella. En mi cerebro hay miles de palabras que danzan con alborozo. Un nombre se repite con ímpetu en mi memoria. Miro por la ventana y lo único que veo son nubes y más nubes. Más allá del horizonte, desde la distancia, como una sirena, me llama con dolor. Intento no escuchar pero no lo consigo. Su voz profunda y oscura me mece en esta tarde de finales de verano.
Intento imaginar un prado verde, un mar calmado, un cielo azul, un vestido rojo. Pero cada imagen se mancha de negro. Cada pensamiento se nutre del miedo que nace de mi interior. Es absurdo y lo sé, porque sólo yo seré capaz de luchar contra este temor que me persigue.
Salgo a la calle y me echo a correr. Corro con todas mis fuerzas. Intento llegar a algún sitio donde no me encuentre nadie. Me escondo en un parque infantil y bajo una piedra, pero las nubes siguen ahí, acechándome, recordándome que el paso del tiempo nunca cesa y que el fin se aproxima con virulencia.
Ya no tengo más fuerzas. Mis piernas me fallan y caigo al suelo, con la mitad de mi cuerpo dentro de un charco. La niña vestida de colores se me acerca y me tiende la mano para ayudarme a ponerme en pie. Esta vez va descalza. Me pregunto cuáles serán sus intenciones en el día de hoy, sin sus charolitos negros. Sin más, encajo mi mano en su pequeña mano de niña y ella estira con tal fuerza que todo mi yo, tanto el físico como el etéreo, se ve sacudido por los aires. Voy volando y no sé cómo detenerme, y tampoco sé si quiero hacerlo. Vuelo sobre océanos y continentes que desconozco. Vuelo fuera de la atmósfera y alrededor de la Luna. Vuelo hacia el Sol, vuelo a través del espacio y doy vueltas a los planetas. En mi viaje veo colores de los cuales no conozco el nombre.
Al final de mi orbitar, llego de nuevo a La Tierra pero no a mi casa. Llego a algún lugar, aunque frío, donde no hay rastro de las nubes. Estoy a salvo de su acecho pero no sé por cuánto tiempo.
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